martes, 15 de marzo de 2016
miércoles, 9 de marzo de 2016
Tarea: Escribir el Himno de San Agustín de Hipona...
Himno a san Agustín de Hipona -XV Centenario de su muerte (430-1930)....I
Crucé los altos montes de la historia,
bañados de la gloria
de quince siglos en las rojas lumbres;
y sólo distinguí de las pendientes
rumores de aletazos en las cumbres
y regueros de luz en las vertientes.
Luminosos regueros de chispazos,
vibrantes aletazos,
cual rastros de otros soles que se hundieron
en el frío occidente de la historia
y de águilas heridas que murieron
encima de los riscos de la gloria.
Todos, todos envueltos en sudario
de olvido funerario
se perdieron, cual rápidos vestigios;
sólo brilló radiante tu figura,
que se agiganta al paso de los siglos
del negro olvido en la siniestra hondura.
¡Los he visto caer en el ocaso!
Sólo tú, abriendo paso,
entre apagados soles te levantas
y en meridiano eterno te sostienes,
por escabel la historia ante tus plantas,
y el cielo por diadema de tus sienes.
II
¡Ha quince siglos! África tostada
junto a la mar sentada
lloraba su dolor y su agonía,
y en el límite azul de oriente incierto
te vio brillar y floreció aquel día
con floración espléndida el desierto.
Y atónita la tierra estremecida,
hacia África encendida
volvió los ojos con afán de muerte,
tras un signo de paz y de bonanza,
y cual faro en la negra noche al verte
te saludó cual sol de la esperanza.
¡Aquel mundo moría…! Repetidos
sonaban los graznidos de los buitres germanos
que en bandadas
se posan sobre el mudo cementerio
y ruinas en montón que ensangrentadas
cubren ya la extensión del gran imperio.
Empujadas por Dios ya se desploma
la moribunda Roma,
y, hecho jirones su glorioso manto,
cayó bajo un montón de escombro y ruinas
y mudo contemplaste con espanto
la muerte de las águilas latinas.
Bajan del septentrión frías tinieblas,
y los coros de nieblas,
como sombras de noche se han posado…
¡Pero brillaste tú sobre la altura,
sosteniendo en tus manos levantado
el pendón de la fe y de la cultura.
Del Dios de la verdad soplo potente,
bajó sobre tu frente
y tu alma iluminó en radiantes lumbres,
en un sangriento resplandor de gloria,
e, inmenso reflector sobre las cumbres,
alumbraste las vías de la historia.
Todo, todo rodaba en desconcierto
sobre el abismo abierto;
mas la Ciudad de Dios se alzó atrevida
sobre aquel mundo infiel que se derrumba:
¡La empresa colosal fue de tu vida
poner el epitafio de su tumba!
¡Y salvaste aquel mundo! Con asombro
sobre el montón de escombro
plantar te vieron el pendón de Cristo…
Y hoy que la humanidad herida llora,
¿volver no te verá…? ¡Sí! Ya te ha visto
resplandecer con resplandor de aurora.
Sobre la blanca espuma del estuario
con luz de centenario
hacia el mundo radiante te adelantas
entre vagos incendios de arreboles
y dejas como huellas de tus plantas
una sangrienta inflamación de soles.
III
En el raudo corcel del pensamiento,
más rápido que el viento
atravesé con loca ligereza
los dominios ilímites del hombre,
buscando una corona de grandeza
que digna fuese de tu ilustre nombre.
Vi el desierto que mudo se extendía,
mientras sobre él se abría
la comba prolongada de los cielos,
y el monte coronado por las rocas
que en fiebre de titánicos anhelos
hunde en las nubes sus nevadas tocas.
Encima de las cumbres giganteas,
como rojizas teas,
se coronan de llamas los volcanes,
salpicando de fuego el horizonte,
como una ingente fragua de titanes
en las entrañas ígneas del monte.
¡Pero tú eres más grande…! Centelleas,
con resplandor de ideas,
más que el volcán con sus hirvientes sienes.
Mi lira a nada compararte pudo
y una canción de eternos parabienes
tan sólo te envió, como un saludo.
Y al percibir del mar la sinfonía
una voz me decía:
“Más grande es Agustín”. Y alcé la frente
y la lira pulsé; ¡mas todo en vano!
que su triste vibrar lánguidamente
insonoro moríase lejano.
IV
¡Mas callad! ¡Ah…! ¡Callad! Rumores suenan
que los ámbitos llenan
de montes, de llanuras y de estuarios,
y multitud frenética que aclama,
y el resonar de quince centenarios
que de un sepulcro en derredor nos llama.
¿No oís el son de los gigantes coros
y los himnos sonoros
en el cóncavo azul del firmamento?
¿No oís sonar la colosal orquesta,
y el eco no escucháis, rasgando el viento,
que en las celestes plazas la contesta?
Son los himnos gigantes de victoria
los cánticos de gloria,
de quince siglos al rasgar los velos
y aparecer tu espléndida figura
bajo el inmóvil palio de los cielos.
¿Y yo qué haré? Mi lira estremecida,
por tu grandeza herida,
se resiste a vibrar, ya casi rota;
y ya que un canto a modular no acierto
ansío que mi voz, como una nota,
se pierda en ese colosal concierto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)